
Lo fantástico es la irrupción en la realidad de algo imposible. Solo eso. Un concepto en apariencia tan simple fue comprendido o utilizado sin saberlo por múltiples autores, pero que en el imaginario popular podría asociarse única o principalmente al terror, más aún al sobrenatural. No obstante, una hoja elevada hacia arriba en un cuarto cerrado, unos lentes flotantes o un zapato que caminase solo bastarían para volver a una trama en fantástica sin acudir al miedo, inclusive si su foco se encuentra en toda una revolución social o la delincuencia callejera, por ejemplo, elementos realistas. Ese es el dominio del concepto conseguido en esta novela.
Gabriel Rimachi es un escritor peruano que inició su carrera literaria en el 2000 con Despertares nocturnos. En este libro ya presentaba interés por lo imposible mediante cuentos basados en leyendas andinas, como los condenados, y que seguiría inclusive en otras facetas, como en 17 cuentos fantásticos peruanos. Antología del cuento fantástico peruano, de 2008, donde fue uno de los editores, además de Carlos Sotomayor. La aparición de una novela suya en el género no es una rareza, entonces, mas sí marca una distancia con respecto a los relatos orales de terror y se asienta en la narrativa urbana, vertiente más que vigente en la literatura nacional reciente.
La casa de los vientos, publicada en 2022, surge en un contexto literario favorecido. Los temas, géneros y ambientaciones utilizados no resultarían extraños para un lector asiduo de las letras rojiblancas, pues títulos previos abrieron el camino para que asuntos posiblemente menos abordados en el siglo XX tuvieran una mayor visibilidad en el XXI. Con ello me refiero a lo fantástico en general, cuyo boom es notorio en la década de los 2010 y persiste hasta el año actual; también con lo urbano, como indicaba, en tanto no poca producción realista se centra y ambienta en esos lares, como los distritos limeños de clase media y alta de Miraflores, San Isidro, entre otros; y lo gay, cuyo bastión más conocido tal vez sea Jaime Bayly, pero que se halla en más escritores, como una novela LGBT desarrollada en el distrito de su nombre y aparecida también en 2022: Barranco city mon amour, de Pedro Casusol.
Por supuesto, la novela contiene su propuesta. La historia nos lleva a dos tiempos, uno a fines del siglo pasado y otro a mitades. Por un lado, Octavio es testigo de la demolición de su casa, lo que lo transporta a su infancia, adolescencia y adultez y el rechazo y violencia sufridos por su homosexualidad en la Lima predigital y durante ella. Por otro, una familia católica en los 60 acoge a Antonia como pupila y empleada en medio de apariencias, hipocresía religiosa y violencia silenciada, que resultará en una tragedia importante tanto para ella como para los padres y sus hijos. Y ambos caminos se encontrarán en el tiempo, enlazados por una maldición lanzada por la víctima del pasado.

Gabriel Rimachi. Créditos: Voces
Como se notó, las subtramas utilizan el salto temporal para fluir de una circunstancia a otra y reconstruir poco a poco la situación del presente, es decir, la demolición. En ese sentido, hay tres tiempos: primero, la línea de los años 60; segundo, la de los 80 en adelante; tercero, la actual con un Octavio adentrado en el XXI. Este primer rasgo contribuye al enganche con el lector, en tanto el final de un capítulo durante las primeras páginas da pase al siguiente con otra subtrama. Así, se forja el misterio, uno que no sigue la lógica de las novelas policiales, pero que sí proporciona pequeñas dosis de información para comprender el trasfondo del derrumbe de ese hogar. ¿Qué tiene que ver con esas personas de los 60? ¿Qué vivió Octavio entre esa infancia terrible que es mostrada sin demora y su adultez?
Eso nos lleva a otro punto: el bildungsroman o novela de formación. Me explayaré más sobre los personajes en el siguiente apartado, pero es inevitable no enlazarlo con la trama. No hay un motivo único que mueva toda la historia, como la recuperación de un objeto perdido o alguna venganza particular. Todas las subtramas presentan a las personas en sus vidas cotidianas, víctimas y victimarios de las circunstancias cuyo transcurrir los construyen. Este libro es la historia de sus vidas, aunque sobre todo la de Octavio. Hay una fuerte influencia de la narrativa del siglo XIX, como de esos ladrillos de Charles Dickens donde atestiguamos el crecimiento de sus habitantes.
La gran diferencia se encuentra en la representación de las sociedades. La lima del libro no es igual que las ciudades europeas de aquellos clásicos. Con los infortunios narrados también el autor se detiene para reconstruir la sociedad de esas épocas. Así, se presenta un espacio andino donde el prestigio del vecino distinguido se basa en su profesión y su grado de fervor (y demostración pública) religioso. Mientras, en la capital observamos la diferencia de clases, el bullying escolar (uno de los principales ejes temáticos), la homofobia y la vida gay. Sobre este último punto no hay un abordaje superfluo o limitado con datos tal vez de conocimiento común: se adentra en los espacios de interacción gay, en sus fiestas, en sus encuentros sexuales, en los saunas, en los baños, en Grindr, etc. El acercamiento es crudo al no romantizarse la cultura LGBT, y mas bien se mantiene la idea de que siguen siendo personas con virtudes y defectos, donde también persisten las taras del resto de personas, pero bajo otras prácticas.
El elemento fantástico se halla diluido entre todos los eventos. Frente a los problemas tan similares a los existentes en nuestra realidad, algunos pasajes remarcan la presencia invisible de algo en algunas escenas, como en recuerdos de pesadillas o sensaciones de vigilancia. Es así que se complementa con la trama, no la opaca ni tampoco se inserta de manera forzada. Es una fuerza presente, articulatoria frente al paso de las décadas entre unos capítulos y otros.
Los meses siguientes tuvieron sus noches intensas. Por alguna razón que no podía explicar, Ana despertaba dos veces al mes por la madrugada intentando recordar un sueño que se evaporaba apenas abrir los ojos. La hora era la misma siempre: tres y treinta de la madrugada. Una voz lejana le gritaba, en su sueño, algo que no alcanzaba a entender. No era una pesadilla, era como un llamado lejano, de otras tierras, de otros tiempos (capítulo seis).
Ahora bien, hay un aspecto que puede restar un poco el mérito de toda la trama, bien hilvanada en general. Antonia y Octavio viven desgracias, pero mientras en la primera la información no se regodea en su sufrimiento, no hay una cadena extensa de mala suerte, en el segundo sí. Ese exceso de maltratos sufridos tiende a sensibilizar al lector para que sienta pena por él, pero es un recurso fácil, que solo necesita de estirar los eventos descritos con alguna variación. Aunque no es tan inverosímil y se relaciona con los temas representados, sí es el segmento más flojo en cuanto a historia, contrastado con la etapa posterior a la vida escolar del personaje y otras partes.

Afiche de la primera presentación en 2022. El distrito limeño de Barranco es uno de los escenarios de la novela.
No hay una cantidad excesiva, pero sí aparece más de uno en el foco de la escena. Por momentos, son protagonistas de acuerdo al capítulo en el que participan. Por otros, regresan a ser secundarios, como la novela nos lo aclarará conforme avance la trama: realmente, solo hay un personaje central, y todas las subtramas nos llevan de alguna manera hacia él. Pero antes, hay caminos.
Y para no revolver esos senderos, los agruparé en las dos líneas temporales más diferenciadas. El bloque temporal más antiguo se caracteriza por poseer un mayor balance en la participación de sus personajes y los segmentos de esa subtrama está repartido entre más de uno. En cambio, en el segundo bloque es Octavio quien recibe la mayor atención, con breves momentos de desaparición para conocer más a otros miembros de su familia. De acuerdo a ello, decidí destacar a algunos.
Los personajes más relevantes de los años 60 son los siguientes:
Los personajes más resaltables de finales del XX son los siguientes:

Inmaculado Corazón, Miraflores, colegio de Octavio. Créditos: Jonathan Espinoza
El conjunto de capítulos suma treinta y uno. Cada cual contiene una unidad dramática o de historia, sin experimentaciones complejas con el tiempo. En cambio, estos saltos temporales se realizan entre uno y otro. Por ejemplo, el primero inicia con la historia de Octavio, quien con la llegada a su casa antes de la demolición recuerda su infancia (algo similar al protagonista de En busca del tiempo perdido, de Proust, con la magdalena). Y en el segundo vamos a la vida de Antonia en la casa de los docentes y los hermanos, para regresar a Octavio en el tercero. Esta simpleza no es un defecto, sino un rasgo, y en realidad ayuda a transmitir los sucesos con la mayor claridad posible. También en ese sentido, es una novela deudora del siglo XIX antes de las complejidades estructurales de las vanguardias.
En esta línea de influencias o reminiscencias, el narrador persiste. Se encuentra en tercera persona y acompaña de cerca a los personajes, por lo cual se aleja del omnisciente y se convierte en un compañero permanente, capaz de comprender la mente de los protagonistas que estén en escena. Ahora bien, no es solo un testigo. Opina.
Algunas veces, cuando todo se derrumba a tu alrededor, es necesario mantener la constancia de que la vida no es aquello que nos dijeron que era (capítulo 31).
También se incluyen críticas sociales y políticas. De manera implícita, por medio de Octavio, se dibuja una mirada de la sociedad limeña como cucufata, hipócrita, machista, homofóbica, pero sin usar estas palabras (salvo «machista» una vez). Pero a veces puede filtrarse en la misma narración, como ocurre con una alusión a Susana Villarán, exalcaldesa:
[E]n aquella casona de San Isidro funcionaba además una revista y una emisora radial dirigida por una importante líder de izquierda que llegó a ser alcaldesa de Lima muchos años después, y que terminó presa tras confesar haber recibido coimas de millones de dólares para entregar los peajes de Lima a la brasileña Odebrecht (capítulo 18).
Este rasgo puede ser un arma de doble filo. En exceso, puede convertir la obra en un panfleto o un vehículo para transmitir las ideas del autor en lugar de darle espacio a la ficción en sí misma. No es el caso aquí porque estas opiniones se presentan de tanto en tanto, con varias páginas de distancia, normalmente, y no interrumpen la fluidez de la narración ni de la historia. Nuevamente, me recuerda a algunos libros decimonónicos, cuando los narradores transmitían sus pensamientos, mientras la lejanía entre el autor y el narrador es más notoria en el cambio de estética del XX.
El desarrollo de un personaje por medio de su vida en toda la novela, los saltos temporales secuenciales sin mezclas complejas y la filtración de posturas en la narración son algunos de los rasgos que recuerdan a la literatura decimonónica. Por otro lado, el abordaje sin tapujos del estilo de vida de hombres gays en Lima es una señal de la apertura no recién de nuestro siglo, pero sí común en el XXI. La reunión de ambas épocas en estilo y temas dan como resultado una obra notable, que se puede analizar desde varias ópticas sin ser una amalgama de elementos dispares. Y dentro de la narrativa fantástica es una muestra de los caminos que este tipo de literatura puede seguir más allá de las vías convencionales.
Detalles técnicos:

Género: Fantástico
Editorial: Casatomada
Año de publicación: 2022
N° de páginas: 315